
La exposición que se ha presentado en el Guggenheim (“De Picasso a Velazquez”) crea una conversación entre sus propias obras y la de aquellos artistas que pudieron influenciarle a través de su propia evolución creadora. Entre los que más fascinación le produjeron, a este artista autodidacta, se encuentran los maestros clásicos Velazquez, El Greco o Goya, pero también pintores más actuales como Picasso, Braque o Juan Gris.
La pintura de Bacon presenta una evolución, siempre anclada en la representación de la figura humana, normalmente aislada e imbuida en un marco que le constriñe y limita, como la propia sociedad de su tiempo hizo con el autor (perseguido tanto por su homosexualidad como por la descarnada crudeza de su obra).
Los personajes de Bacon están llenos de vida, es decir de sangre, vísceras, movimiento interno, que contrastan con los fondos estáticos en que los coloca. Normalmente fondos de colores planos e intensos que resaltan con mayor fuerza sus figuras. Esta vida relatada y representada evoca al mismo tiempo una gran intensidad vital y también, por ello mismo, la presencia amenazante de la muerte.
Bacon nos puede fascinar o repugnar, pero nunca nos deja indiferentes. Y estas reacciones viscerales las provoca a un nivel inconsciente y menos controlable, dado que sus representaciones, a pesar de mantener un vínculo figurativo, no llegan a definirse como entes reales, sino que son impresiones que absorbemos de forma involuntaria, contra las que no podemos presentar una defensa consciente.
Ante la figura de Francis Bacon nos podemos volver a preguntar si un creador disruptivo como él es producto del genio o de su trayectoria de aprendizaje.