
En la definición del diseño moderno, establecida en los primeros años del siglo XX, principalmente por la Bauhaus y el movimiento De Stijl, había un enunciado sacrosanto, no escrito, que decía lo siguiente: » La forma debe seguir a la función», un enunciado proveniente del mundo de la arquitectura, pero que se extendió al mundo diseño de producto y al diseño en general. Lo que en palabras llanas quería decir que el diseño debía integrarse en el objeto o en la representación gráfica, pero basándose, e incluso mejorando la función que dicho objeto o representación gráfica debía desempeñar.
Con el desarrollo de las nuevas herramientas informáticas, el mundo del diseño se ha democratizado en gran medida. Lo que antes estaba restringido a unos pocos, como en siglos anteriores la escritura, está ahora al alcance de todo el mundo. Esto quiere decir que en estos momentos la profesión del diseñador, como le pasó a la del escribiente, está sufriendo una devaluación constante, al eliminarse las barreras, que, a ojos del público, diferencia al profesional del que simplemente conoce el uso e la herramienta apropiada. En este sentido, y siguiendo el símil con la escritura, el diseño que tiene futuro es aquel que aporte realmente un valor añadido y se base principalmente en el reconocimiento social del propio diseñador, como ocurre en el mundo de la literatura, donde hemos de agradecer un alto índice de alfabetización, pero donde socialmente se reconoce el valor profesional del escritor literario e incluso del periodista.
Esa democratización del diseño ha permitido además el nacimiento de mercados abiertos (marketplaces), donde demandantes y ofertantes de servicios de diseño se encuentran, en lo que se denomina CrowdSourcing, y en el que el diseñador no tiene que justificar la funcionalidad de su trabajo, ni apoyarse en una trayectoria profesional o educativa, solo en el trabajo final presentado. En este tipo de concursos de diseño la forma prevalece sobre la función, dado que el diseñador, sea profesional o no, solo atiende a los gustos y peticiones el cliente, sin realizar un estudio previo de necesidades, comparativas sectoriales, ni desarrollos históricos, psicológicos o sociales del diseño presentado. Al final el cliente elige el diseño «más bonito», según sus gustos, sin importarle la adecuación del mismo a la función que debe desarrollar el objeto o representación gráfica.
En este orden de cosas resulta interesante ver como el diseño, desprovisto de esencia y definido solo por su carácter más superficial, entra en la vorágine de las tendencias y las modas. También hay quien toma conciencia de estos procesos y crea proyectos de lo que se podría llamar metadiseño, en los que reflexiona sobre estos aspectos.
Este ha sido el caso del diseñador Amy West que en su proyecto satírico Grafik BS (literalmnte Grafik bullshit ), plantea la creación de un falso estudio de diseño cuyo portafolio se compone de trabajos generados de forma aleatoria por la aplicación que TrendList, una organización dedicada al estudio de las tendencias formales en el mundo del diseño gráfico, tiene en su página web. El proyecto de Amy West se completaba con la creación de un falso diseñador escandinavo llamado Bjorn Svenson, con su propia página en el servicio de portafolios de Behance (con una gran aceptación), e incluso una video- entrevista al autor, que os dejo aquí:
Y por hoy nada más. Solo dejo una pregunta en el aire ¿merece la pena, actualmente, dedicarse «en serio» a esto del diseño?
