
En Internet las buenas ideas se expanden con una gran celeridad y a las empresas no les da tiempo a desarrollar estrategias de competencia, así que la táctica más común es comerse al potencial competidor antes que se haga lo suficientemente fuerte que pueda comerte el a ti.
El caso más paradigmático es el de Google, que pasó de ser un curioso buscador a la empresa más poderosa de Internet, frustrando las intenciones hegemónicas de Microsoft, que, de pronto, se dio cuenta donde estaría el negocio del futuro. A los de Microsoft no paran de crecerle los enanos, pero todavía no se da por vencida. Si al auge feroz de Linux ha contrapuesto un pequeño guiño a los desarrolladores, permitiéndoles acceder a parte de su código fuente; en el caso de Internet su apuesta parece ser la adquisición de Yahoo, aunque esta última compañía se está haciendo querer y ha rechazado una oferta de 44.600 millones de dólares. Son cifras que asustan si uno no está habituado, yo vendería ahora y no marearía mucho la perdiz, porque seguro que hay algún nuevo gigante aún no conocido que está acechando en la oscuridad (ojo a Baidu el buscador Chino).
Pero si desde el punto de vista de las empresas este afan de amor y hermandad está justificado, ¿lo es tanto desde el punto de vista de los usuarios?. Al parecer todos apostamos a caballo ganador, y así pasamos de Unix a Windows, y de Hotmail a Gmail, y hasta de Windows a Linux, casi sin pensar, con el miedo de quedarnos con algún muerto (¿dónde están el Amiga o los juegos Sega?). Al parecer nos conformamos con un par de caballos por competición y nosotros mismos empequeñecemos el campo de juego. Y cuando todo el pescado está vendido (nosotros lo hemos comprado), nos quejamos amargamente y pedimos leyes anti-monopolio.
En el fondo, aunque participamos de la idea de la diversidad, luego nos comportamos como consumidores gregarios, que siguen al manso del rebaño, aunque nos lleve al precipicio.